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Jondachi, al límite de la adrenalina

Jondachi, al límite de la adrenalina

Jondachi, al límite de la adrenalina

Las mejores olas del país se encuentran en El Tena


Escrito por Crisitian Segarra, 30 años.

 

Dos mochilas pequeñas cargadas con camisetas, un par de zapatos y dos pantalonetas fueron mis compañeras en un viaje que realicé hace algunas semanas. Después de cumplir con la jornada laboral del viernes, salí hacia el norte de Quito para tomar una buseta que me llevaría a Tena.

Allí, después de viajar cerca de 186 kilómetros, por fin volvería a ver a una gran amiga sin pensar siquiera que esta sería una de las mejores aventuras de mi vida. El clima caluroso y húmedo de la zona se adueñó de inmediato de mis sentidos al llegar. Después de un encuentro lleno de abrazos y sonrisas, la calidez de quienes viven en esta ciudad, ecuatorianos y extranjeros, se hizo presente.

Y es que las nuevas amistades, que conocí gracias a mi amiga, también le pusieron sabor al viaje. Después de compartir experiencias y algo de comer, la planificación para una salida al río Jondachi ocupó el resto de la noche de aquel viernes. Los nervios por practicar Rafting, un deporte que nunca antes lo había hecho, se adueñaron de mí durante las siguientes horas. A las 07:00 salimos hacia las instalaciones de Kayak Ecuador, empresa que nos permitió vivir esta experiencia única. Equipados con elementos de seguridad totalmente nuevos (casco y chaleco de seguridad) partimos en un vehículo hasta el sitio en el que iniciaría todo. A diez minutos de Tena bajamos del automotor que nos transportó con todo el equipo y los botes. Los lugareños nos ayudaron a llevar casi todo hacia el río después de una caminata de unos 30 minutos, aproximadamente.

 

El descenso hacia el Jondachi fue retador, el camino estuvo lleno de piedras, lodo y paz. Con cada paso que daba sentía claramente cómo la energía de los árboles, de las plantas y del mismo río hacía efecto en mí. Admirar lo imponente del paisaje, dominado por el verde de la vida, también fue parte de la diversión. Pero la adrenalina empezó a correr varios metros más abajo con el ruido del agua. Al llegar a los botes, el espectáculo del río empezó. Después de una charla de seguridad muy detallada subimos a nuestro transporte para remar durante algunas horas. El temor volvió a mí pues el caudal del Jondachi era grande y la presencia de piedras era intimidante. En los primeros minutos realizamos varios ejercicios de seguridad y de rescate para después ‘subirnos’ en las olas más emocionantes de mi vida.

 

El trabajo en equipo fue fundamental. El guía dirigió el bote con instrucciones claras que te indicaban hacia donde remar. Adelante, atrás, izquierda adelante, derecha atrás, fueron parte del grupo de indicaciones que recibimos. De pronto me vi inmerso en una lucha personal para superar miedos mientras la corriente del agua era cada vez más fuerte. La exigencia física también aumentaba a medida que nos desplazábamos por el agua. Los primeros rápidos se hicieron presentes y las emociones aumentaban.

 

Tras superar los primeros minutos de pánico contemplé la vida y la naturaleza como no lo había hecho antes. Mi vida se llenó de colores, sensaciones y sentimientos. Volverte uno con el entorno y disfrutar de los sonidos era algo que nunca antes había experimentado a esa velocidad. Y es que todo pasaba tan rápido pero las emociones eran tan profundas que mis ganas de volver eran persistentes al finalizar el viaje. La comida en una playa a mitad del recorrido, la comunión con las otras personas (incluidas el kayakero de seguridad) y el encuentro con uno mismo hicieron de esta experiencia una de las mejores de toda mi vida.