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Rafting una experiencia unica, Jaime C. 80 años

Rafting una experiencia unica, Jaime C. 80 años

EXPERIENCIA ÚNICA

La experiencia contada por Jaime Canala-Echevarría, 80 años

 

¡Todos arriba del raft!, es la orden perentoria que el timonero del impresionante bote inflable que abordaremos y que nos imparte para subir la embarcación que por ahora está encordada a la orilla del maravilloso río Jondachi. El bote es soltado de sus amarras y comienza a dirigirse suavemente hacia el centro del curso de agua, maniobrado por el fornido y hábil timonero (los del oficio le llaman guía). Él logra el control por medio de un remo que maneja semi-sentado desde la popa. La selva se empieza a abrir -con majestuosidad- a ambos lados por delante de nuestra embarcación.

 

El verde y salvaje paisaje produce un éxtasis muy difícil de narrar. Son miles de árboles, cientos de colores cambiantes, orillas de roca, algunas muy altas. La obra del Creador se nos muestra con toda su belleza, armonía y grandiosidad. Los pensamientos y sensaciones plenas elevan el espíritu. El agua juguetea y salpica a los remeros de la primera fila. El raft, ahora, se mueve fuerte. Todos ríen, aunque todos –a la vez- están tensos y expectantes. Claro está que ninguno de los pasajeros vino a este tour con la idea de que el río podría ser sólo una gran piscina. ¡No!, vinieron con la expectativa de una aventura, una desconocida y líquida aventura…y ahí están ahora, en la mitad de una inmensa masa de agua a la que deberán enfrentar.

 

La emoción comienza a aumentar junto con la velocidad que el bote -con capacidad para ocho personas, y de unos cuatro metros de largo- adquiere al llegar a la corriente central. Todos firmes, grita el guía. Su voz potente compite con el trueno de las aguas que ahora son fuertes y turbulentas. Adelante, adelante, remen con fuerza. Izquierda adelante, derecha atrás, todos firmes, no pierdan el ritmo, viene un rápido. (Un rápido no necesita ser explicado, no puede ser explicado, debe ser vivido.

 

Los aventureros lo verán como una o muchas olas que el bote penetra y salta, mojando por completo a todos los pasajeros y levantando la proa a un par de metros sobre ellas). Y el rápido llega, y con él las precauciones, pues el bote saltará encabritado, intentando botar al agua a toda la tripulación, como en esos rodeos de toros que nos muestra la televisión gringa. Pero no todos se caen (aunque eso no está garantizado), y los que no se caen tienen como misión rescatar a los que se acercan braceando al raft, más de alguno con cara de susto. ¡¡Pero no pasa nada!! El chaleco salvavidas que lleva cada tripulante, muy bien ajustado, mantiene a los “náufragos” a flote y el segundo o tercer raft que integra la expedición completa el trabajo de salvataje de manera sumamente profesional. Los guías, cuando se acercan a un rápido, toman muchas precauciones.

 

En primer lugar avisan a sus tripulantes para que se afirmen, particularmente con los pies, en unas cavidades existentes para el efecto en el piso o suelo del raft, en segundo lugar, estando a distancia prudente (cercana) de otro raft y, finalmente asegurándose de que el kayakero de seguridad que lo acompaña a pocos metros esté atento a la maniobra por venir. Y seguirán viniendo rápidos. Veinte, treinta, los que sean, todos serán bien venidos por esta tripulación que ya se considera experta.

 

El susto ha quedado atrás, engullido tal vez por algunas de las primeras olas. Pero la emoción está a flote. Los gritos y los abrazos resultan incontrolables. Las caras de felicidad lo dicen todo. ¡Qué pena que el paseo no pueda durar indefinidamente! Pero ya son las dos de la tarde. El trabajo de remar (y de sufrir, y de gritar y de alegrarse hasta el infinito) resulta extenuante. Es hora de un refrigerio. Los expertos y conocedores guías dirigen las embarcaciones hacia una pequeña playa existente en una de las orillas. Muy cerca se ven varias casas de una comunidad indígena del lugar.

 

Se trata de gentes amigables y humildes, que prestan a los “kayaqueros” un techo de hojas de totora para servir la comida bajo su sombra, al paso que exhiben sus artesanías a los turistas (tripulantes hasta hace unos minutos). Ante de “lonchar” vienen los juegos sobre la arena. Un conjunto de simpáticas competencias entre equipos de cada bote, o de contabilidad versus ventas, o de jefes contra guardias, en fin… El refrigerio llama la atención por el profesionalismo con que la empresa de kayaks lo prepara y lo sirve. Resulta sorprendente encontrar, a la orilla del indómito y agreste río, con qué calmar el hambre y la sed, en el momento oportuno y en el mejor ambiente imaginable. ¿Cinco estrellas?, ¡tonterías! Tan bueno como cinco rápidos seguidos, con gritos y todo, eso sí; por ahí nos estaríamos entendiendo.

 

Como todos los momentos supremos de la vida, la navegación termina y la magia comienza a diluirse al llegar al desembarcadero que se encuentra algunos kilómetros corriente abajo, donde los guías comienzan la tarea de colocar los botes sobre vehículos acondicionados para tal propósito. Navegar por el río en un raft, embarcación que se mueve y arquea como una serpiente, que mantiene el equilibrio de una forma alucinante, que precipita a sus pasajeros al fondo de la aventura y de vuelta a la vida, es algo que cambia fuertemente la percepción de las personas sobre las maravillas de la Naturaleza. Sin duda alguna existe un antes y un después de esta indescriptible vivencia. Nadie, absolutamente nadie que esté vivo y con un aceptable nivel de salud, nadie, debería privarse de gozar algo tan completo, tan simple y con tal capacidad para unir personas, familias, amigos, compañeros de trabajo.

 

Haga usted la prueba con quien elija y podrá comprobar que, después de volver a Quito, que se encuentra apenas a tres horas de Tena, uno de los centros del raft, su grupo hablará de esta aventura durante semanas, el amor por la vida al exterior aumentará en todos ellos, a la par que estrecharán su compromiso con el cuidado del medio ambiente.